Martes, Abril 25, 2017
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Los ancianos comen por 50 ctvs “Olla de la madre”

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Matilde Vargas tiene 80 años. Está parada frente al semáforo de la transitada avenida Ayacucho, luego de haber caminado desde la final 9 de Abril, distante a más de un kilómetro. Algo fatigada por el intenso sol de mediodía y el abrumador bullicio de la ciudad, pide ayuda para atravesar el último tramo y llegar a su destino, “La olla de la madre”, un comedor popular que todos los días la espera con un plato caliente a un precio simbólico de 50 centavos.

Llega a las instalaciones de un antiguo edificio colonial en la calle Jordán casi Ayacucho. En la puerta está Antonio Claros, el encargado del comedor, quien verifica que solo ingresen al centro personas ancianas de escasos recursos.

“Es solo para ancianos de escasos recursos e indigentes de la tercera edad”, explica.

Son las 12:00 horas y como si se tratara de obreros que deben tickear llegan uno a uno los comensales. “Debemos estar antes de las 12:15. Es para que seamos un poco más ordenados y no tengan que estar sirviendo a cada rato”, explica Aida Vargas, otra comensal que llegó media hora antes.

Mientras llega la hora del almuerzo, Matilde se sienta junto a un grupo de señoras para revisar el periódico, la mayoría de fechas pasadas, pero lo importante “es estar al día con las noticias”, expresa una de sus compañeras.

Aida, en cambio, está sentada en otra mesa y prefiere mirar un programa de Discovery Channel, en el televisor plasma que estrenaron recientemente.

Aunque deban recorrer largas distancias, y con el riesgo de sufrir algún accidente o caída, estos ancianos emprenden todos los días la caminata por el pan de cada día, ya que en su condición de abandono o extrema pobreza es imposible conseguir alimento por menos de 5 bolivianos, que es el gasto promedio diario en pasajes.

Matilde hace cuentas y, de la renta mensual de 250 bolivianos que recibe, 90 se van en pasajes, 10 bolivianos en su almuerzo de todo el mes y los 150 bolivianos restantes le aseguran el alquiler de un pequeño cuarto. Ella no puede darse el lujo de sufrir ningún imprevisto. Tiene cuatro hijos, tres en Cochabamba y uno en España, pero prefiere “no molestar a nadie”, asevera.

Parte de su fortaleza viene de las innumerables historias en común que comparte con el resto de los comensales, como Aida, quien decidió ser “una soltera empedernida”, como se autodenomina y sus únicos dos hermanos están en Brasil y Santa Cruz.

A las 12:30, todas las conversaciones y cotorreos en la sala hacen una pausa con la llegada de la sopa caliente, el pan y una fruta de temporada. Matilde asegura el resto de su día, guardando el pan para la hora del té y la fruta para la cena, y “buen provecho”.

La familia y el Estado son responsables de su protección

Hernán Rico

Exdirector del Sedeges

La Constitución Política del Estado garantiza los derechos de los bolivianos y es proteccionista de la sociedad civil.

Si cumpliríamos a cabalidad lo que dice la Carta Magna no deberían haber ancianos en situación de abandono, mendicidad o con maltrato físico o psicológico.

El primer responsable de su atención es la familia, y si éste no es el caso, cualquier ciudadano, así como estas instituciones que hacen la atención, de alimentación o albergue, deben poner en conocimiento de la Alcaldía.

La Alcaldía debe acoger a estas personas de la tercera edad y remitirlas a las instituciones especializadas en la atención de este grupo, y a la familia iniciar un proceso penal por el abandono, desalojo o violencia, cualesquiera sea el caso.

En Cochabamba tenemos el único centro geriátrico integral ubicado en la localidad de Caramarca, Sipe Sipe, a cargo de la Gobernación, donde hay geriatras, médicos, psicólogas, trabajadoras sociales, abogados, nutricionistas, y enfermeras, entre otros.

Los que llegan temprano pueden ducharse, lavar su ropa o cocinar

La “Olla de la madre”, además de ofrecer un almuerzo por 50 centavos, ofrece a sus comensales espacios para sus necesidades básicas, baño, ducha y agua para el aseo.

El comedor está abierto desde las 11 de la mañana y quienes llegan temprano aprovechan la espera del almuerzo para darse una refrescante ducha.

Dos lavanderías, con abundante agua, están a su disposición para el lavado de la ropa y abrigos, de algunos indigentes ancianos que llegan al lugar.

Otro grupo de personas, acostumbrados al trabajo, prefiere llegar antes para ayudar en las últimas tareas en la preparación del alimento, ya sea pelando papa, picando perejil, lavando los platos o acomodando las sillas.

Este comedor, instalado en ambientes del Arzobispado de Cochabamba, es administrado con la colaboración de voluntarios de la Sociedad San Vicente Paul.

Hasta este lugar llegan al menos 50 ancianos como promedio. Lamentablemente, varios que llegan con otros amigos indigentes tuvieron que despedirlos de la puerta. “Si permitimos que el servicio se amplíe a todos los indigentes, no podríamos abastecer”, cita el encargado del comedor, Antonio Claros.

El trabajo en este comedor bordea los 20 años de funcionamiento. En este tiempo se ha podido dotar a los beneficiarios de frazadas y calzados para el Día del Padre y de la Madre, así como la consulta y donación de lentes, gracias al apoyo de otras organizaciones.

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